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Dios Nacio Mujer...
Hace unos 30.000 años Dios aún no existía,
pero la especie humana llevaba ya más de dos millones de años enfrentándose sola a su destino en un planeta inhóspito; sobreviviendo
y muriendo en medio de la total indiferencia del universo. Unos 90.000 años atrás, una parte de la humanidad de entonces comenzó
a albergar esperanzas acerca de una hipotética supervivencia después de la muerte, pero la idea de la posible existencia de
algún dios parece que fue aún algo desconocido hasta hace aproximadamente treinta milenios y, en cualquier caso, su imagen,
funciones y características fueron las de una mujer todopoderosa. La concepción de un dios masculino creador/controlador —tal
como es imaginado aún por la humanidad actual— no comenzó a formalizarse hasta el III milenio a.C. y no pudo implantarse
definitivamente hasta el milenio siguiente. Santo Tomás de Aquino, en su Summa contra Gentiles, afirmó que «Dios está muy
por encima de todo lo que el hombre pueda pensar de Dios». La frase, a pesar de su aparente profundidad, transmite un vacío
desolador. ¿Por qué no decir, por ejemplo, que la razón está muy por encima de todo lo que el hombre —en especial si
es teólogo— pueda pensar de la razón? El universo entero también está muy por encima de nuestras cabezas y de los conocimientos
que tenemos el común de la gente pero, sin embargo, la ciencia, a base de pensar que no hay nada tan lejano que no pueda ser
investigado, ha acumulado datos y certezas que sobrepasan años-luz cuanta sabiduría fue capaz de atesorar el gran santo Tomás.
Quizá Dios, efectivamente, esté demasiado alto para nuestros limitados razonamientos, pero antes de dar la tarea por imposible
deberemos reflexionar, al menos, sobre si puede haber o no alguien ahí arriba (o donde sea que pueda residir un ser divino).
La madeja no será fácil de devanar, pero en el intento residirá la recompensa. A pesar de que «Dios» es un concepto de reciente
aparición dentro del proceso evolutivo de nuestra cultura, su fuerza innegable ha incidido sobre el ser humano de tal manera
que éste ya nunca ha podido sustraerse al poderoso influjo que irradia la idea de su existencia, de la de cualquier dios,
eso es de algún ser supremo dotado de capacidad para regir todos los elementos del universo material e inmaterial y, aspecto
fundamental, animado de una personalidad tal que permite que su voluntad inapelable pueda ser alterada en favor de los intereses
humanos, mediante la negociación y el pacto, cuando la ocasión resulta propicia. El concepto de «Dios» resulta tan fundamental
para nuestra existencia reciente sobre este planeta, que la mera presunción de su realidad —gobernada a través de las
instituciones religiosas— ha focalizado y dirigido la formación de las culturas, ha cambiado radicalmente las pautas
individuales y colectivas de las relaciones humanas, y ha llevado a alterar profundamente el equilibrio ecológico en cada
uno de los hábitats conquistados por el Homo religiosus. Basta con la sola evocación de Dios para que en cualquier grupo humano
se encastillen posturas, se desborde la emocionalidad y, en definitiva, se produzca una clara división en dos bandos o visiones
de la vida irreconciliables: la postura creyente y la no creyente. En el nombre de Dios, de cualquier dios, se han hecho,
hacen y harán las más gloriosas heroicidades, pero, también, las fechorías y masacres más atroces y execrables. El mundo que
conocemos ha sido modelado por Dios, sin duda alguna, pero la cuestión fundamental radica en saber si la obra es atribuible
a un dios que existe y actúa mediante actos de su voluntad consciente, o a un dios conceptual que sólo adquiere realidad en
el hecho cultural de ser el destinatario mudo de las necesidades y deseos humanos. Del primer tipo de dios se ocupan las religiones
y, según ellas, no admite discusión ni precisa de pruebas. Existe porque existe, y todo, absolutamente todo, prueba su existencia,
incluso el mismo hecho de poder dudar de ella. Dios es el origen y el fin de todo cuanto se pueda conocer o imaginar, por
tanto, nada hay ni puede haber fuera de él. Las religiones parten de una posición viciada en origen al invertir la carga de
la prueba, eso es que no demuestran fehacientemente aquello que afirman —la existencia de Dios— y, de modo implícito
—cuando no bien explícito— descargan la responsabilidad probatoria en quienes defienden la inexistencia de cualquier
divinidad. En este caso, la propia substancia de lo que se discute lleva necesariamente al absurdo desde el punto de vista
lógico y racional: unos creen porque sí («tienen fe») y otros niegan también porque sí («son ateos»). Del segundo tipo de
dios, en cambio, se ocupa la historia, arqueología, psicología, antropología y demás disciplinas científicas que intentan
abarcar y comprender la variada gama de comportamientos humanos que conforman eso que hemos dado en llamar cultura o civilización.
De este tipo de dios conceptual sí que existen innumerables pruebas materiales que permiten abordar su análisis y discusión.
Los formidables indicios acumulados sobre este tipo de dios le identifican con el primero —el dios creador/controlador
de destinos cuya existencia se presume real— pero, a diferencia de éste, su rastro puede seguirse hasta los mismísimos
albores de su nacimiento entre los hombres. ¿Puede un dios eterno, principio y fin de todo, creador del ser humano, haber
querido permanecer oculto a los ojos de los hombres hasta hace apenas unos pocos miles de años? ¿Puede ese dios haber querido
privar conscientemente a sus criaturas, durante cientos de miles de años, de las normas que hoy se proclaman fundamentales
y de los ritos indispensables para la «salvación eterna»? ¿Cómo y cuándo se manifestó Dios por primera vez? ¿Por qué se dio
a conocer a través de tantas y tan diferentes personalidades y creencias?... Quizá Dios se haya limitado a comportarse como
un deus otiosus (dios ocioso), tal como lo describen las más importantes religiones autóctonas de África, que creen que el
Ser Supremo vive apartado de todos los asuntos humanos. Los akans, por ejemplo, creen que Nyame, el dios creador, huyó del
mundo debido al terrible ruido que hacen las mujeres cuando baten ñames para hacer puré. Si de justificar su pertinaz ausencia
se trata, es muy probable que Dios pudiese encontrar en nuestro mundo actual miles de razones aún más poderosas y graves que
las esgrimidas por los akans. Eso podría explicar que tengamos un planeta hecho unos zorros y Dios permanezca insensible a
los ruegos humanos: no es que Dios no exista, es que no está; se limitó a crearnos y nos abandonó a nuestra suerte. Quién
sabe. El concepto de deus otiosus no deja de ser profundamente inteligente, ingenioso y realista. Las religiones, como institución
formal, llevan unos pocos milenios publicando la naturaleza de Dios y hablando en su nombre, pero las formas y atribuciones
de Dios son tan numerosas y diversas y los mandatos divinos que emanan de ellas son tan variados y contradictorios, que resulta
francamente difícil hacerse una idea de Dios. ¿Es como el viejecito barbudo y presuntamente bondadoso que muestra la Iglesia
católica en su iconografía más clásica? ¿Es como el heroico Shiva de la tradición hindú, presentado siempre en poses hieráticas?
¿Es como El, el dios creador cananeo representado como un funcionario político de máximo rango? ¿Es como Osiris, el dios egipcio
con cabeza de halcón? ¿Es como la Venus de Willendorf, la diosa más famosa del Paleolítico, de formas carnales desmesuradas?
¿Es como el ser no representable de la tradición judía, musulmana y de tantas otras? ¿Es como Caos, el fundamento de la más
antigua cosmogonía y teogonía helénica? ¿Es como el Big bang de la ciencia moderna? ¿Es como quién o como qué? Y, si cada
doctrina divina cambia radicalmente en función de las épocas y de las culturas, ¿cómo saber cual es el verdadero mensaje divino?
¿cómo saber la razón por la que Dios muda su doctrina tan a menudo? ¿quién garantiza la palabra de quienes garantizan la palabra
de Dios? La dicotomía entre el concepto de «Dios» y las estructuras religiosas, mal que les pese a éstas, es evidente y resulta
fundamental para no confundir una posible causa de naturaleza no específica —nada impide que denominemos «Dios» a cuanto
pudo haber (¿?) en el instante previo a la organización de la materia atómica que dio lugar al nacimiento del universo—
con una estructura basada en la explotación de tal probabilidad al transformarla en un dogma o creencia acrítica (práxis de
las religiones); saber separar lo supuestamente causal (Dios) de lo claramente instrumental (religión) evitará también «tomar
el nombre de Dios en vano», un vicio troncal de cualquier sistema religioso. Por este motivo no escasean los científicos —en
particular físicos, astrofísicos y cosmólogos— que, al ocuparse del origen del cosmos, aceptan dejar una puerta abierta
a la posibilidad de alguna «razón organizadora», pero se la cierran a cualquier planteamiento teológico. Es bien conocida
la sentencia de que «un poco de ciencia nos aleja de Dios, pero mucha nos devuelve a él», pronunciada por Louis Pasteur, uno
de los científicos más notables del siglo pasado, pero la simplicidad —que no simpleza—, plasticidad, belleza
y capacidad enunciadora de esta frase no debe llevarnos necesariamente a conclusiones religiosas. Quizá, tal como afirma el
cosmólogo británico Stephen Hawking —principal avalador, junto a Roger Penrose, de la teoría del Big bang—, «si
descubrimos una teoría completa [que abarque la interrelación de todas las fuerzas de la Naturaleza, eso es el sueño científico
de la TGU o Teoría de la Gran Unificación], debería ser algún día comprensible en sus grandes líneas por todo el mundo, y
no sólo por un puñado de científicos. Entonces, todos, filósofos, científicos e incluso la gente de la calle, seríamos capaces
de tomar parte en la discusión acerca de por qué existe el universo y nosotros mismos. Si encontramos la respuesta, será el
último triunfo de la razón humana, porque en ese momento conoceremos el pensamiento de Dios.» Aunque el pensamiento científico,
debido al método de adquisición de conocimientos que le caracteriza, se opone al pensamiento religioso —sin que ello
represente contradicción ninguna para los científicos con creencias religiosas—, la fuerza probatoria del primero hace
que algunas de las más notables religiones monoteístas actuales se acerquen a la ciencia con la intención de arropar sus dogmas
sobre la existencia de Dios en determinados descubrimientos. En este caso está, por ejemplo, la aceptación que tiene la teoría
cosmológica del Big bang por parte de la Iglesia católica, un hecho que señala claramente Stephen Hawking —en su libro
Breve historia del tiempo— cuando apunta que «la Iglesia ha establecido el Big bang como dogma» y, al mismo tiempo,
con elegante malicia, recuerda una afirmación lanzada por el papa Juan Pablo II, ante una reunión de cosmólogos, cuando conminó
a estudiar la evolución del universo después del Big bang, pero sin entrar a investigar en el mismo Big bang ya que ese era
el momento de la Creación y, por tanto, de la tarea de Dios —objeto de la teología, no de la ciencia—. Ante una
postura tan taimada del Papa, podría decirse también, parafraseando a Pasteur, que si bien mucha ciencia nos devuelve a Dios,
demasiada puede dejarnos definitivamente vacío de contenido su concepto. Si el Big bang realiza el trabajo creador de Dios,
éste pierde todo su sentido y función, es decir, deja de existir científicamente[i]. La formación del universo, según la teoría
del Big bang —«Gran bang», gran explosión—, avalada por importantísimos hallazgos científicos recientes, tuvo
lugar cuando una región que contenía toda la masa del universo a una temperatura enormemente elevada se expandió mediante
una tremenda explosión y eso hizo disminuir su temperatura; segundos después la temperatura descendió hasta el punto de permitir
la formación de los protones y los neutrones y, pasados unos pocos minutos, la temperatura siguió bajando hasta el punto en
que pudieron combinarse los protones y los neutrones para formar los núcleos atómicos. Si se demuestra definitivamente que
existe una creación continua de materia cósmica, tal como propone la teoría del Universo Estacionario o principio cosmológico
perfecto de Herman Bondi, Thomas Gold y Fred Hoyle, el universo pasaría a verse como un complejo mecanismo autorregulador
con capacidad de organizarse a sí mismo hasta el infinito; una propiedad natural que haría innecesario el tener recurrir a
algún dios para justificar el origen de la materia. Desde otros modelos científicos, como el del Universo Inflacionario, propuesto
por Andrei Linde y Alan Guth, se sostiene que nuestro universo forma parte de un inmenso conjunto de universos salidos de
un «universo-madre», del cual se desgajó inflándose hasta estallar en un Big bang, un proceso que, según esta hipótesis, aún
sigue repitiéndose en otros universos y también en el que nosotros existimos, y puede estar generando otros universos nuevos;
esta teoría cosmológica tampoco necesita explicarse sobre la base de algún principio organizador divino ya que postula un
proceso que no tiene principio ni fin. El astrofísico Igor Bogdanov, basándose en la llamada constante de Planck, realizó
una afirmación críptica pero muy definitoria cuando dijo que «no podemos saber que sucedió antes de 10-43 segundos del Big
bang, un tiempo fantásticamente pequeño que guarda en potencia el universo entero. Todo eso está contenido en una esfera de
10-33 centímetros, es decir, miles y miles y miles de millones de veces más pequeña que el núcleo de un átomo.» En lo que
atañe a nuestro universo, surgido hace unos 15.000 millones de años, salta a la vista una pregunta de simple lógica: ¿existía
Dios 10-43 segundos antes del Big bang? y, de existir, ¿qué era y dónde ha estado hasta hoy? La ciencia aún no puede responder
qué pasó en ese espacio y tiempo prácticamente inexistentes, pero eso no justifica, ni muchísimo menos, la afirmación gratuita
de quienes, como el epistemólogo Jean Guitton, defienden que la mejor prueba de la existencia de un ser creador es que existen
límites físicos al conocimiento. Parece obvio que una visión teleológica[ii] del cosmos es infinitamente menos inquietante
y resulta más gratificante que su contraria, pero, al postular que todas las leyes naturales que rigen la evolución del universo
fueron diseñadas, en el marco de un «proyecto cósmico», con el fin de poder posibilitar la vida humana sobre este planeta,
se peca gravemente de antropocentrismo, egocentrismo y acientificismo. Los conocimientos biológicos actuales demuestran sin
duda alguna que hasta el presente hubo cientos de miles de proyectos fallidos en los procesos evolutivos de las especies,
eso es que cientos de miles de especies de todas clases siguieron caminos no viables que les llevaron, más pronto o más tarde,
a su extinción; un proceso de selección natural que no ha concluido todavía y que seguirá en marcha mientras quede algún resquicio
de vida en este planeta. En este contexto biológico, el hombre no es más que una de las especies supervivientes —por
ahora— a la evolución de los ecosistemas terrestres. En el supuesto de que exista algún dios creador/controlador, la
evidencia de tantos cientos de miles de organismos vivos fracasados —mal planteados— desde su mismísima concepción,
sólo podría sugerir que éste dios carece de habilidad y experiencia para crear seres vivos con eficacia o que disfruta lanzando
a la vida a seres irremisiblemente condenados; en el mejor de los casos, podríamos llegar a la conclusión de que Dios también
crea empleando los mismos mecanismos que son propios de la Naturaleza y de los humanos, eso es mediante el proceso del ensayo-error,
cosa que, obviamente, no le puede hacer acreedor ni de la más mínima ventaja o superioridad sobre ningún ser vivo. Al filósofo
holandés Baruch Spinoza (1632-1677) no le faltaba razón cuando escribió que el finalismo o teleologismo «es un prejuicio desastroso,
que nace de la ignorancia natural de los hombres y al mismo tiempo de una actitud utilitarista (...) a la vana, aunque tranquilizadora,
ilusión de que todo está hecho para el hombre, se añade la mentalidad antropomórfica corriente, la cual, interpretándolo todo
desde el modelo artesanal, impide el conocimiento de la necesidad absoluta, induciendo así a la superstición del Dios personal,
libre y creador.»[iii] Otro filósofo, el cultísimo enciclopedista francés Denis Diderot (1713-1784), ateo convencido después
de ser educado por los jesuitas —de hecho fue encarcelado tres meses por criticar el teísmo en su obra Carta sobre los
ciegos (1749)—, y famoso en su época por ser un brillante polemista, no supo que contestarle al matemático Leonard Euler
cuando, durante un encuentro en la corte de la reina Catalina II de Rusia, éste le espetó: «Señor, (A+B)N/N = X, luego Dios
existe. ¿Qué me responde a eso?» El notable físico y matemático francés Pierre-Simon Laplace (1749-1827), referencia obligada
para el estudio de la teoría de las probabilidades, en cambio, sí habría sabido responder a la fórmula envenenada de Euler
con al menos tanta eficacia como la que demostró cuando Napoleón le interrogó acerca del lugar que ocupaba Dios en su teoría
de un universo-máquina sin principio ni fin, expuesta en su Tratado de mecánica celeste (1799-1815). «Señor —le contestó
Laplace al emperador—, no he tenido ninguna necesidad de manejar esa hipótesis.» Tras siglos de debates filosóficos
acerca de la existencia o no de un principio ordenador del universo y de un finalismo antropocéntrico, la cuestión sigue hoy
abierta y candente dentro de muchos campos científicos. Así, mientras unos sostienen que la vida que conocemos es producto
de una larguísima cadena de casualidades —difícilmente repetibles, pero casualidades al fin y al cabo—, otros
argumentan que sólo un milagro intencionado puede explicar la conjunción de las muchísimas condiciones que son necesarias
para que se produzca la vida. El concepto de «Dios» es tan atractivo que incluso científicos que se han declarado agnósticos,
como los físicos Heinsenberg o Einstein, han escrito ensayos, denominados místicos por algunos, en los que rozaban la idea
de «Dios», pero de un dios absolutamente ajeno a la figura investida de atributos antropomórficos que postulan las religiones.
«Sé que algunos sacerdotes están sacando mucho partido de mi física en favor de las pruebas de la existencia de Dios —le
escribía Albert Einstein a un amigo, en una carta en la que negaba el rumor de su supuesta conversión al catolicismo—.
No se puede hacer nada al respecto; que el diablo se ocupe de ellos.» En cualquier caso, quizá todos los modelos científicos
capaces de explicar la formación del universo tienen su límite en el llamado teorema de la incompletud de Gödel. Este teorema,
postulado por Kurt Gödel (1906-1978), una de las figuras más importantes de toda la historia de la lógica, afirma que «dentro
de todo sistema formal que contenga la teoría de los números existen proposiciones que el sistema no logra “decidir”,
o sea, que no logra dar una demostración ni de ellas ni de su negación». El teorema de la incompletud implica que ningún conjunto
no trivial de proposiciones matemáticas puede derivar su prueba de consistencia del conjunto mismo, sino que debe buscarla
en una proposición que esté fuera de él, algo aparentemente imposible para la metodología matemática y empírica en que se
fundamenta la investigación cosmológica actual. El hecho de que siempre haya enunciados verdaderos indemostrables, que permanecen
fuera del campo de las deducciones lógicas, «no significa —según señaló el físico Paul Davies— que el universo
sea absurdo o carente de sentido, sino solamente que la comprensión de su existencia y propiedades cae fuera de las categorías
usuales del pensamiento racional humano.» Dentro de este espacio de incertidumbre formal que deja abierto el teorema de la
incompletud de Gödel siempre puede volver a anidar la esperanza en la existencia de Dios, cosa que sin duda seguiremos propiciando
ad infinitum los humanos; la falta de respuestas a algunas de las claves de nuestra existencia y el miedo a nuestro destino
tras la muerte siempre serán más poderosos que la fuerza probatoria de los descubrimientos científicos que contradigan la
visión teísta del universo. De todos modos, resulta evidente que cuando uno comienza a interrogarse racionalmente sobre todo
lo que rodea a Dios se da cuenta de que no puede llegar a conocer nada con certeza, ni su naturaleza, ni su existencia. Siempre
cabe, claro está, refugiarse en los textos sagrados de cualquier religión que, cumpliendo la función para la que fueron escritos,
dan certezas absolutas mediante evidencias preñadas de sí mismas y que repudian la lógica de la razón puesto que se han conformado
dentro del subjetivismo de la emoción; pero éste es un camino que sólo sirve a quien busca, necesita o tiene ese tipo de dinámica
mental que conocemos como fe, una actitud directamente relacionada con los procesos psicológicos derivados del pensamiento
mágico (y que estudiaremos en los capítulos 2 y 3 de este libro). La fe, sin duda alguna, puede mover montañas, pero jamás
podrá explicarnos cómo se formaron o de qué están compuestas esas montañas que ha logrado desplazar. La fe en Dios, en su
existencia y accesibilidad, puede tener innumerables ventajas para el psiquismo humano, pero resulta un instrumento absolutamente
inútil para intentar conocer algo sobre dicho ser supremo, objetivo que, por encima de cualquier otro, alienta el trabajo
que se plasma en este libro. El gran sociólogo Emile Durkheim (1858-1917) centró muy bien el punto de mira cuando, en 1912,
al referirse al conflicto entre la ciencia y la religión, afirmó: «Se dice que la ciencia niega por principio la religión.
Pero la religión existe; es un sistema de datos; en una palabra, es una realidad. ¿Cómo podría la ciencia negar una realidad?
Además, en tanto que la religión es acción, en tanto que es un medio para hacer que los hombres vivan, la ciencia no puede
sustituirla, pues si bien expresa la vida, no la crea; puede, sin duda, intentar dar una explicación de la fe, pero, por esa
misma razón, la da por supuesta. No hay, pues, conflicto más que en un punto determinado. De las dos funciones que cumplía
en un principio la religión hay una, pero sólo una, que cada vez tiende más a emanciparse de ella: se trata de la función
especulativa. »Lo que la ciencia critica a la religión no es su derecho a existir, sino el derecho a dogmatizar sobre la naturaleza
de las cosas, la especie de competencia especial que se atribuía en relación al conocimiento del hombre y del mundo. De hecho,
ni siquiera se conoce a sí misma. No sabe de qué está hecha ni a qué necesidades responde. Ella misma es objeto de ciencia;
¡de ahí, la imposibilidad de que dicte sus leyes sobre la ciencia! Y como, por otra parte, por fuera de la realidad a que
se aplica la reflexión científica no existe ningún objeto que sea específico de la especulación religiosa, resulta evidente
la imposibilidad de que cumpla en el futuro el mismo papel que en el pasado.»[iv] Si convenimos, por ejemplo, que Dios —su
concepto— es un diamante en bruto, podríamos decir que lo que fundamentalmente nos interesa será conocer al máximo su
materia base —carbón puro comprimido en una estructura cristalina compacta—, las condiciones de calor y presión
que hicieron posible ese tipo de cristalización y, en menor grado, las impurezas minerales que le tiñen de uno u otro color.
Todo lo demás será accesorio. Es cierto que el diamante en bruto no parece bello, pero también es obvio que la gema tallada
no es auténtica desde el punto de vista de la realidad geológica. Cuando el diamante en bruto pasa por la exfoliación, aserradura,
talla y pulimento, se obtiene una joya de brillo adamantino que, entre sus propiedades, adquiere un alto índice de refracción
y dispersión —eso es distorsión—, al tiempo que un gran poder evocador. Lo fundamental del diamante —su
valor— se lo debemos a interacciones geológicas; lo accesorio —su fama y precio— al tallador y al joyero.
Por eso, en este trabajo, viajaremos dentro de los límites de la geología psicosocial humana y obviaremos, en la medida de
lo posible, detenernos en la contemplación de las mil facetas distorsionadoras talladas por las teologías. Descartada la fe
como vía de conocimiento, quedan abiertas todas las demás, pero ¿a qué disciplinas recurrir? ¿cómo plantear la investigación?
¿qué elementos son básicos y definitorios para establecer la presunta relación entre Dios y el ser humano? ¿sobre qué pruebas
materiales podemos construir argumentos sólidos? El camino es largo y complejo y cada cual puede comenzar su andadura desde
puntos muy diversos, ya que lo importante no es el inicio (premisas) sino el final (conclusiones). Este libro refleja la aventura
personal de su autor desde el momento en que se propuso encontrar algunas respuestas razonables a un abanico de hechos —determinantes
para nuestra sociedad— que son aceptados sin más por la práctica totalidad de la gente, e intentar llenar de contenido,
coherencia y sentido algunas de las cuestiones importantes que todos nos hemos planteado en numerosas ocasiones. Dado que
a Dios, a su concepto, sólo puede llegarse a través del ser humano y desde un ser humano —intente, sino, extraer conclusiones
de una conversación sobre Dios mantenida entre dos sillas, dos geranios o dos gatos, o entre cualquiera de ellos y su propietario
humano—, será indispensable intentar conocer con detalle muchos aspectos del pasado biológico, ecológico y social del
ser humano y del proceso que conformó su estructura psíquica y sus expresiones culturales. Las primeras evidencias y preguntas
a formular deberán llevarnos, por tanto, hasta el inicio de la evolución humana. En el proceso de hominización que nos diversificó
de los primates se esconden muchas claves para poder descubrir cosas notables sobre Dios; y aunque no hayamos encontrado evidencia
alguna acerca de cómo y porqué él nos creó, sí que abundan las que testimonian cómo y porqué nosotros llegamos a crearle a
él. Al igual que el criminólogo intenta descubrir una identidad escondida investigando a partir de los restos hallados en
el lugar del crimen —un trocito de tela, una huella de zapato, una marca en el espejo del baño, o una gota de sangre
reseca, por ejemplo—, así este autor ha tenido que rastrear entre miles de datos —aflorados y elaborados por decenas
de paleoantropólogos, arqueólogos, antropólogos, mitólogos, historiadores, psicólogos, etc.— que, al unirse unos a otros,
han acabado mostrando una imagen coherente y razonable no sólo de la identidad escondida sino, mucho más importante aún, de
todo el contexto psicosocial que la definió y dotó de atributos y personalidad. La estructura de este estudio, en la medida
de lo posible, ha seguido un orden cronológico para relatar y analizar los hechos que hemos juzgado determinantes para poder
llegar a una mejor comprensión de cómo, cuándo y por qué se produjo la presencia de Dios entre los humanos. Para facilitar
la visión global de algunos de los aspectos clave tratados, se ha elaborado diversos cuadros sinópticos que permiten a cualquier
persona situarse rápida y fácilmente dentro del contexto analizado. Con el fin de ampliar la visión y conocimientos del lector,
así como para referenciar las fuentes documentales en que se basa este trabajo, se ha complementado el texto con muchas —y,
a menudo, tan amplias como fundamentales— notas a pie de página. El desarrollo de este libro plasma con fidelidad el
camino seguido por su autor en busca de respuestas coherentes a la relación que parece existir entre la humanidad y Dios.
La andadura, nacida de una simple curiosidad, fue convirtiéndose poco a poco en una aventura fascinante, envolvente y plagada
de centenares de alentadoras sorpresas que han acabado transformado de forma notable algunas presunciones que tenía este autor
en torno al ser humano y su pasado, por lo que, en consecuencia, le han hecho variar algunos enfoques que resultan básicos
para intentar comprender el presente de nuestra sociedad y su complicada proyección hacia el futuro. Algún lector podrá sentirse
perplejo, o incluso defraudado, cuando comience a leer este libro —no olvidemos que se titula Dios nació mujer—
y se encuentre ante un relato de nuestra evolución desde los homínidos seguido de un capítulo —inevitablemente complejo—
sobre la formación del lenguaje y del pensamiento discursivo o lógico-verbal. Con toda la razón se preguntará si el libro
no lleva un título erróneo, ¿tiene algo que ver todo eso con Dios y con el género que se le ha atribuido? Sin duda alguna.
Aunque lo esencial para justificar el título de este trabajo se trate en los capítulos 6, 7 y 10, todo lo realmente importante,
todo lo que nos permitirá comprender cómo, cuándo y porqué llegamos hasta el concepto de «Dios» y nos sentimos impulsados
a idearlo como mujer muchos milenios antes de cambiarle de género y hacerle varón, todo ello, digo, lo encontraremos en el
resto de capítulos. Nada sobra, aunque mucho falte en un texto que no es, ni pretende ser, enciclopédico, así como tampoco
filosófico ni teológico. Desde la ventana al pasado que se abre en estas páginas, es probable que asistamos a un desfile de
hechos que nos lance a reflexiones mucho más amplias que las sugeridas en este libro. Después de adentrarse por los vericuetos
de la evolución humana, uno ya no puede ver a sus semejantes de la misma forma. El ser humano deja de ser una «criatura de
Dios» cuando se le ve a través del prodigioso proceso que nos diferenció de los monos arborícolas hasta hacernos tal como
somos, llenos de fortaleza y de milagro, pero rebosantes de dramática fragilidad. Analizar el desarrollo del lenguaje articulado
humano y comprobar la inimaginable fuerza que ha tenido el dominio de la palabra y del concepto para determinar nuestro pensamiento,
visión del mundo y cultura, acaba rompiendo tantos esquemas preconcebidos que obliga a vernos a nosotros mismos y a nuestras
creencias más fundamentales como el producto de un juego infantil en el que realidad y fantasía se confunden para materializar
un ordenamiento universal del que difícilmente se logra salir. Darse cuenta de que los relatos imaginados por muchos niños
pequeños, para explicarse su procedencia o el origen del mundo y su funcionamiento, son substancial y estructuralmente idénticos
a las descripciones equivalentes que se contienen en los llamados textos sagrados, abre una preciosa puerta para comprender
mejor el psiquismo del ser humano y sus comportamientos dichos religiosos. Evidenciar el proceso de elaboración del universo
simbólico prehistórico, de los signos, mitos y ritos que aún son eje central de las religiones actuales, conduce a conclusiones
apasionantes acerca de las dinámicas de búsqueda de seguridad emocional del ser humano. Una reflexión en la que no debe quedar
al margen la amplia prueba arqueológica de que la creencia en la supervivencia a la muerte pudo preceder en unos 60.000 años
a cualquier elaboración conceptual sobre entes supremos o dioses. Puede ser que el lector se sorprenda —o escandalice—
al comprobar que el concepto masculino de «Dios», que hoy domina en todas las religiones, no es más que una transformación
relativamente reciente del primer concepto de deidad creadora/controladora que, tal como demuestran miles de hallazgos arqueológicos,
fue, obviamente, ¡femenino! ¿Quién, sino una hembra, de cualquier especie, está capacitada para poder crear, para dar vida,
mediante la fecundación y el parto? ¿Quién, sino la mujer, cuida de su prole y se encarga de abastecer las necesidades básicas
de su entorno inmediato? Si, como veremos en su momento, el Homo sapiens primitivo fundamentaba sus conceptualizaciones en
analogías, resulta obvio que ningún ser humano pudo pensar jamás en atribuirle las cualidades femeninas de generación, fertilidad
y protección nutricia a un ente masculino; por esta razón, la humanidad prosperó bajo la protección de la Diosa única —en
sus diferentes epifanías— durante un período que fue desde c. 30000 a.C. hasta c. 3000 a.C., momento a partir del cual,
de forma progresiva aunque irregular, comenzó a imponerse la tipología específica del dios masculino que acabará apropiándose
de las cualidades generadoras y protectoras de la diosa, relegando a ésta al papel de madre —virgen, en algunos casos—,
esposa, hermana y/o amante del dios varón. El golpe de estado del dios contra la diosa no fue caprichoso, ni casual, ni inocuo,
sino todo lo contrario. En primer lugar, disponemos de suficiente documentación arqueológica e histórica para mostrar cómo,
partiendo desde una base mítica y ritual común, la personalidad, atribuciones y funciones del dios —y de los dioses—
masculino fue cambiando según las necesidades económicas y sociopolíticas de cada cultura y momento histórico. De hecho, podemos
comprender más cosas sobre «Dios» si se estudian las implicaciones socioeconómicas derivadas de la implantación de la agricultura
excedentaria y de la invención del arado que si nos concentramos en las teogonías, teologías y rituales asociados a cada dios.
Y esta apreciación sirve tanto para los dioses dichos paganos —del latín paganus, campesino— como para su descendiente
directo y continuador actual, el Dios de las religiones monoteístas que se dicen basadas en verdades reveladas. Por otra parte,
entender el desarrollo de la aniquilación de la Diosa por el Dios[v] nos conduce también a la comprensión de la dinámica histórica
que llevó a la mujer a ser subyugada en todos sus aspectos por el varón. La mujer y la Diosa fueron perdiendo su autonomía,
importancia y poder prácticamente al mismo tiempo, víctimas de un mundo cambiante en el que los hombres se hicieron con el
control de los medios de producción, de guerra y de cultura, convirtiéndose, por tanto, en detentadores únicos y guardianes
de la propiedad privada, la paternidad, el pensamiento y, en suma, del mismísimo derecho a la vida. La cultura patriarcal
acabó con los últimos vestigios de las sociedades matrilineales[vi], que rindieron culto a la Diosa desde el Paleolítico superior,
y, lógicamente, rediseñó los mitos y los dioses a su conveniencia, eso es a su imagen y semejanza. Analizar la derrota de
la Diosa prehistórica no sólo nos descubrirá un enfoque novedoso desde el que poder abordar el concepto de «Dios», también
nos ayudará —y no es menos importante— a comprender la historia pasada de la mujer y las causas de la desigualdad
e inferioridad que han caracterizado su situación hasta el momento presente. El proceso que se plasma en este libro, siguiendo
las huellas de Dios, ha permitido forjar una imagen sólida y coherente del ser humano y de sus creencias, pero, tal como cabía
esperar, aquello que definimos bajo el concepto de «Dios» sólo se ha hecho patente a través del reflejo de su mito, como si
se tratase de una imagen que rebota en un espejo sin proceder, aparentemente, de ninguna parte. Es probable que la causa de
esta imagen esté dentro del propio espejo y no fuera, razón por la cual nadie ha podido verla jamás, ya que ningún humano
—sin dejar de ser lo que es— puede convertirse él mismo en las partículas de sal de plata que constituyen la base
reflectante de un espejo. Si Dios está dentro de nuestras partículas, como una imagen lo está en la plata del espejo, ¿cómo
poder distinguirle en medio del torrente casi infinito de emociones, sensaciones, pensamientos y conceptos que desfilan, hilvanados,
a lo largo de un camino de matices que va y viene desde polos absolutamente opuestos? Quizá la estructuración de las creencias
en el ser humano tenga mucho que ver con uno de los evocadores pasajes que describió Charles Dodgson —diácono, profesor
de matemática pura y escritor británico más conocido por su seudónimo de Lewis Carroll— en su segunda obra dedicada
a la niña Alice Liddell, la deliciosa e inteligentísima narración de Alicia a través del espejo (1871): —¡No puedo creer
eso! —dijo Alicia. —¿De veras? —dijo la Reina, con tono compasivo—. Inténtalo de nuevo: inhala profundamente
y cierra los ojos. Alicia río. —No tiene caso intentarlo —dijo—. Uno no puede creer en cosas imposibles.
—Me atrevo a decir que no tienes mucha práctica —dijo la Reina. Cada cual podrá extraer de este pasaje la conclusión
que más le plazca, porque la cuestión sigue siendo casi la misma: ¿quién tiene más práctica para creer en cosas imposibles,
aquél que cree en la existencia de Dios o aquél que la niega? En este libro, como en todos los otros textos que se han publicado
desde que se inventó la escritura hace unos 5.000 años, no se demuestra nada concluyente acerca de la posible existencia o
no de Dios, ya que el autor se ha limitado a documentar cómo y porqué el concepto de «Dios» que proponen las religiones nació
de la mente humana, se moldeó en función de nuestras ignorancias, temores y esperanzas, para, finalmente, evolucionar manteniendo
una relación directa con las necesidades de organización y control social, económico y político propias de cada cultura y
momento histórico. Sólo después de adjudicar a la evolución natural y al ser humano todo aquello que fue, es y será su obra,
podremos, de manera razonable, intentar encontrar a Dios en el resto, que quizá siempre seguirá siendo infinito. O tal vez
no.
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[i] La confrontación entre pensamiento científico
y «fe» es algo que obsesiona al papa Wojtyla y que, de hecho, le ha llevado a protagonizar una cruzada feroz contra el positivismo,
que es poco menos que decir contra la reflexión basada en datos objetivos sólidos. Muchos de sus documentos públicos han atacado
«los excesos y peligros del uso de la razón». En su encíclica Veritatis splendor (Esplendor de la Verdad) prohibió la reflexión
teológica crítica dentro de la Iglesia, amordazando así a los pensadores católicos más lúcidos y brillantes de este siglo,
que también son los más cercanos al mensaje evangélico frente al brutal alejamiento del mismo que caracteriza a la Iglesia
dogmática oficial. En otra reciente encíclica, Fides et ratio (Fe y Razón), el ataque contra la razón raya lo patético. Al
presentar Fides et Ratio, el cardenal Ratzinger manifestó que «la universalidad del cristianismo procede de su pretensión
de ser la verdad, y desaparece si desaparece la convicción de que la fe es la verdad. Pero la verdad es válida para todos
y el cristianismo es válido para todos porque es verdadero». Tan autorizada afirmación no sólo asienta lo frágil que es la
«verdad» católica, basada sobre una convicción subjetiva, sino que postula que, justo por ser sujeto de duda, debe ser declarada
verdad fuera de toda duda y con valor universal. A lo anterior añadió que la fe cristiana debe oponerse a aquellas filosofías
o teorías «que excluyen la aptitud del hombre para conocer la verdad metafísica de las cosas (positivismo, materialismo, cienticismo,
historicismo, problematicismo, relativismo y nihilismo», eso es que debe rechazar los enfoques fundamentales del pensamiento
moderno, especialmente en todo aquello que cuestione su particular cosmovisión basada en la «fe».
[ii] La argumentación teleológica, que pretende
demostrar la existencia de Dios basándose en el concepto de fin (télos en griego), fue postulada con fuerza por santo Tomás
de Aquino, que la tomó de Averroes (y éste, a su vez, la había tomado del pensamiento griego: Anaxágoras, Platón, Aristóteles,
etc.). Dado que las cosas naturales, aunque carentes de inteligencia, aparecen todas ellas ordenadas en razón de un fin —afirmó
Tomás de Aquino al proponer su «quinta vía»—, ello demuestra que debe existir una inteligencia que las ordena así y
que se plantea como fin supremo; dicho fin supremo es precisamente Dios. El filósofo británico David Hume (1711-1776), en
su obra póstuma Diálogos sobre la religión natural (1779), refuta fácilmente el argumento teleológico por estar basado en
analogías antropomórficas (así como el orden de los materiales de una casa remite a un arquitecto inteligente, así el orden
cósmico remite a la inteligencia divina) y porque la llamada finalidad natural (verdaderamente todo lo contrario de perfecta
y divina) podría ser el producto casual y contingente de ciegas disposiciones materiales. También el filósofo alemán Emmanuel
Kant (1724-1804), en su Crítica de la razón pura (1781), rechaza este argumento que él denomina «físico-teológico». No obstante
el enorme peso intelectual de los detractores del también llamado finalismo, entre los que figuran Galileo, Bacon, Descartes,
Spinoza, etc., entre los defensores encontramos también personajes de la talla de Boyle, Newton o Leibniz. En el terreno biológico
el finalismo acabó siendo barrido —formalmente al menos— por el evolucionismo darwiniano, pero sigue vigente en
el pensamiento moderno alimentado por el concepto de «providencia divina» que aún postulan las grandes religiones monoteístas.
[iii] Cfr. apéndice a la parte I de su Ethica
more geometrico demonstrata (más conocida como Ética).
[iv] Durkheim, E. (1992). Las formas elementales
de la vida religiosa. Madrid: Akal, p. 400.
[v] Una aniquilación que, en todo caso,
aunque fue real a nivel del control del poder simbólico y social, no dejó de ser muy relativa a nivel del inconsciente colectivo
de todas las culturas: hoy, como hace miles de años, las figuras divinas más veneradas y apreciadas por el pueblo llano —dentro
de la llamada «religiosidad popular»— son las femeninas. Un ejemplo claro, en el seno de la cultura católica, lo tenemos
en la gran fuerza e implantación del fervor mariano y del movimiento mariológico; de hecho, tal como veremos, en la Virgen
católica sobrevivieron, de forma controlada y sometida al varón, algunas de las funciones míticas que caracterizaron a la
Diosa prehistórica.
[vi] El término matrilinealidad
designa un sistema de parentesco (ascendencia, descendencia, herencia), vigente aún en algunas culturas primitivas actuales
—y que fue común antes de implantarse el patriarcado—, en el cual se tiene en cuenta la línea de descendencia
de madre a hijo y se privilegia la relación de parentesco del recién nacido con el hermano de la madre.

En todas la culturas prehistóricas,
la figura cosmogónica central, la potencia o fuerza procreadora del universo, fue personalizada en una figura de mujer y su
poder generador y protector simbolizado mediante atributos femeninos —senos, nalgas, vientre grávido y vulva—
bien remarcados. Esa diosa, útero divino del que nace todo y al que todo regresa para ser regenerado y proseguir el ciclo
de la Naturaleza, denominada «Gran Diosa» por los expertos —o, también, bajo una conceptualización limitada, «Gran Madre»—,
presidió con exclusividad la expresión religiosa humana desde c. 30000 a.C. hasta c. 3000 a.C. En la Gran Diosa única y partenogenética
—bajo sus diferentes advocaciones— se contenían todos los fundamentos cosmogónicos: caos y orden, oscuridad y
luz, sequía y humedad, muerte y vida…, de ahí que su omnipotencia permaneciese indiscutida por milenios (el concepto
de dios varón no apareció hasta el VI o V milenio a.C. y no logró la supremacía hasta el III o II milenio a.C., según las
regiones). Aunque sólo sea a nivel de enunciado, debe recordarse que el concepto de «ser divino» apareció y evolucionó paralelamente
a los estadios de desarrollo del pensamiento lógico-verbal humano —conformado hace unos 40.000 años—, y que sus
símbolos y mitos variaron al mismo ritmo y en la misma dirección que lo hizo la estructura socioeconómica humana. Así, durante
toda la era preagrícola el control de la producción de alimentos y las instituciones sociales básicas, salvo la defensa, estuvo
en manos de las mujeres, a las que debemos la gran mayoría de los adelantos psicosociales y técnicos que nos condujeron hasta
la civilización, y esos colectivos matricéntricos fueron regidos por la idea de la Gran Diosa. Pero, al adentrarse en la era
agrícola, cuando las sociedades se hicieron sedentarias y dependientes de sus cultivos, por una serie de circunstancias imposibles
de resumir en este espacio, el varón se vio obligado a implicarse en la producción alimentaria y comenzó un proceso de transformación
que desposeyó a la mujer de su ancestral poder y lo depositó en manos del varón. En unos pocos milenios, tras la implantación
de la agricultura excedentaria, surgió el dios masculino, el clero, la sociedad de clases y la monarquía, mientras que la
mujer fue quedando reducida a un bien propiedad del varón. Obviamente, el dominio del varón sobre la tierra tuvo su equivalente
en el cielo —los cambios sociales siempre se justificaron mediante cambios en los mitos— y la deidad masculina
comenzó a domeñar a la femenina. La mujer y la Diosa fueron perdiendo su autonomía, importancia y poder prácticamente al mismo
tiempo, víctimas de un mundo cambiante en el que los hombres se hicieron con el control de los medios de producción, de guerra
y de cultura, convirtiéndose, por tanto, en detentadores únicos y guardianes de la propiedad privada, la paternidad, el pensamiento
y, en suma, del mismísimo derecho a la vida. Durante no menos de 25.000 años la Gran Diosa fue considerada el principio único
de la generación del universo. A partir del V milenio a.C. se le comenzó a imponer como coadyuvante de su fertilización a
una deidad joven subsidiaria —su hijo y amante— que moría anualmente tras una cópula en la que, la Diosa, en realidad,
se seguía fertilizando a sí misma ya que el principio masculino no era sino carne de su propia carne; desde finales del III
milenio a.C. —coincidiendo con la divinización de la monarquía— los reyes pasaron a desempeñar simbólicamente
ese papel de amante y fertilizador de la Diosa. En el paso siguiente, durante el II milenio a.C., el proceso de la creación
dejó de entenderse mediante el símil de la fisiología reproductora femenina y pasó a ser descrito como el resultado de instrumentos
de poder como la palabra —«hágase… y se hizo»—, usados fundamentalmente por dioses masculinos que siempre
iban acompañados de una pareja femenina. El cambio fue realmente transcendente, ya que el concepto de principio creador permitió
alejarse de la ancestral dependencia de la Diosa en cuanto principio generador único. Finalmente, un dios varón todopoderoso
pasó a acumular y detentar en exclusiva todos los aspectos de la generación. Con el establecimiento de la sociedad compleja
en el Próximo Oriente y en Europa, el papel y función social de la mujer y de la Diosa fueron degradados sin compasión. La
propia eficacia productiva de la mujer —tanto en su faceta de reproductora como de recolectora y horticultora—,
que fue sostén de las comunidades humanas durante cientos de miles de años, acabó siendo, por mor de cambios socioeconómicos
inevitables, el origen involuntario de la progresiva degradación social de las mujeres y del proceso de trasvase mítico que
llevaría a sustituir la primitiva concepción de una divinidad femenina por otra masculina. Aunque, a pesar de todo, ninguna
formulación religiosa posterior ha sido tan holística, inteligente y tranquilizadora como la Diosa; y ningún dios varón, por
muy Dios Padre que se haya erigido, ha tenido ni tendrá jamás la capacidad de integración y de evocación mítica de la Diosa,
por eso, aun en religiones patriarcales, lo femenino ha perdurado agazapado bajo diversos personajes divinizados, como es
el caso de la Virgen católica, cuyos símbolos (luna creciente, agua, etc.) son exactamente los mismos que identificaron a
la Gran Diosa paleolítica y neolítica. No en vano… Dios, su concepto, nació mujer. ( Resumen
del Libro "Dios nació Mujer" de Pepe Rodríguez)

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